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EL CIERVO Y EL TIGRE

Había una vez un monje que era conocido por su naturaleza relajada  y confiada. Sin importar qué estuviera sucediendo, el monje sonreía. Si las circunstancias eran desafiantes, decía: “Si podemos aceptar las cosas como son y mantener una actitud positiva, todo lo que necesitamos se desarrollará por sí mismo”.
En una ocasión en que el monje estaba en un retiro de un mes de duración en una ermita en lo profundo del bosque, fue testigo de una singular interacción entre un ciervo y un tigre. El ciervo, herido, llegó temblando a un descampado al frente de la ermita. Un rato después, un tigre pasó vagabundeando por el descampado y vio al ciervo herido. El monje contuvo su respiración, convencido de que el tigre seguramente mataría y se comería al ciervo. El ciervo, también, estaba claramente preocupado. Pero como no podía caminar más, aceptó su destino, acostándose muy quieto sobre la yerba. Para sorpresa del monje el tigre pasó los próximos días haciendo guardia alrededor del ciervo hasta que estuvo suficientemente bien para deambular de nuevo por sí mismo.
El monje estaba emocionado al ver esto, ya que parecía validar su idea de que si solo podemos aceptar lo que suceda de manera radical, la bondad ilimitada del universo se hará cargo de nosotros.
Pocos días después un rayo golpeó sobre una ermita vecina a cien pies de distancia. Al comienzo, el techo se encendió y empezó a ahumar. El monje lo aceptó. Luego, el techo estaba completamente en llamas. El monje lo aceptó. Luego el resto de la choza se comenzó a prender. El monje lo aceptó también. Pronto la ermita entera había desaparecido y la monja que vivía en ella estaba levemente herida por intentar combatir las llamas.
Cuando la abadesa vino a investigar lo sucedido, le preguntó al monje por qué no había ido a ayudarle a apagar el fuego. En replica, el monje le contó la historia del tigre y el ciervo y cómo le había enseñado la importancia de rendirse y aceptar las cosas de la misma forma que lo hizo el ciervo.
“¡Eres un idiota!”, dijo la abadesa. “Ciertamente, hay ocasiones en que deberías actuar como el ciervo,  pero si eres una persona madura espiritualmente, ¡también deberías saber cuándo actuar como el tigre!” Y con eso, la abadesa lo expulsó. “No regreses hasta que sepas cómo actuar como un tigre. Sólo cuando aceptes esta parte de ti mismo podrás entender lo que significa aceptar las cosas como son”.  Tomado de: Un monasterio interior Cuentos del sendero budista de GIL FRONSDAL

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